Ciencia para impacientes

martes, mayo 22, 2007

La muerte de una estrella

Nebulosa planetaria del ojo de gatoLa vida del planeta Tierra, al igual que la de cada uno de los seres vivos que en él habitan, no es eterna. Al margen de que el ser humano esté haciendo el planeta cada vez menos habitable, existe una barrera que nuestro hogar planetario no podrá rebasar: cuando el Sol, nuestra estrella, se acerque a sus últimos momentos, habrá llegado el fin. Pero ¿cómo será ese momento? ¿Qué ocurrirá —inevitablemente— con el Sol? Aunque este no es un tema nuevo y no es difícil encontrar la información, puede ser interesante reflexionar sobre ello.

(Parte de la explicación, en inglés, se encuentra aquí, de donde se han tomado las dos imágenes de más abajo.)

En primer lugar, tengamos en cuenta algunos elementos básicos sobre el funcionamiento de una estrella. Todas las estrellas emiten energía, una parte de la misma en forma de luz visible, que hace que las veamos brillar en el cielo. Esa energía procede casi siempre de reacciones termonucleares de fusión que suceden en el interior de las estrellas. El combustible principal de esas reacciones, en una estrella como el Sol, es el hidrógeno, que se fusiona formando helio. Además de la importancia que tiene para nosotros la energía emitida en el proceso, sin fusión el Sol no estaría ahí: la energía crea una presión hacia en exterior que mantiene la integridad de la estrella, que de otro modo, dada la enorme gravedad creada por su gran masa, se colapsaría. Dicho de otra manera, en el Sol hay un equilibrio entre la fuerza explosiva en su núcleo y la gravedad creada por su masa, sin la cual la estrella estallaría (como, de hecho, uno esperaría en cualquier explosión termonuclear).

Mientras el hidrógeno abunda, la situación es bastante estable. Entre otras cosas, es gracias a ello que estamos aquí. Pero el combustible no puede durar para siempre. Cuando una estrella ha agotado buena parte del hidrógeno que se quema en su núcleo, el helio formado comienza a interferir en el proceso, llegándose a un punto en que la reacción termonuclear puede pararse. Se dice entonces, de un modo muy gráfico, que la estrella se ha envenenado por helio.

Comparación del tamaño actual del Sol con el que tendría en el estado de gigante roja

Como resultado de este envenenamiento, se genera menos energía en el núcleo y disminuye la presión hacia en exterior, de modo que la estrella se contrae y aumenta su temperatura. Alrededor del núcleo de helio, inerte pero muy caliente y densificado, comienza a quemarse el hidrógeno en capas cada vez más externas. El resultado de esto es que la estrella se expande, al despazarse hacia el exterior el lugar de la fusión nuclear. Aunque el núcleo se mantiene muy caliente, las capas más externas cada vez se desdibujan más, y la temperatura superficial disminuye. Es por eso que el color se desplaza hacia el rojo: la estrella se ha convertido en una gigante roja.

Dentro de unos cinco mil millones de años, se espera que el Sol se haya convertido en una gigante roja. En este proceso, devorará a Mercurio y, probablemente, a Venus. La vida en la Tierra, se habrá acabado tiempo antes de que suceda ese hecho, debido al aumento de la temperatura. En unos 700-900 millones de años a partir de ahora, nuestro Sol aumentará su temperatura en un 15 % aproximadamente. La temperatura en la superficie de la Tierra superará entonces los 100 °C. Pero las transformaciones en la estrella, continuarán.

Llegado un punto y si la estrella es suficientemente pequeña, la compresión del núcleo interno se ralentiza por efecto del gas de electrones libres degenerados. (Este es un efecto de origen cuántico, que se debe a que los electrones que rodean el plasma de nucleos atómicos no pueden ocupar los mismos estados cuánticos. Por así decirlo, los electrones se aprisionan entre sí al concentrarse en torno al núcleo, oponiéndose a la paulatina densificación del núcleo.) Debido a la compresión continuada, La temperatura aumenta hasta el punto de ignición del helio, en torno a los 100 millones de grados. En una estrella con una masa como la del Sol, el núcleo está parcialmente degenerado en ese momento. Entonces, de modo súbito, se produce una explosión de carácter moderado: es el flash de helio, que marca el inicio de la combustión termonuclear de dicho elemento, para formar carbono y oxígeno como productos.

No obstante, la masa del Sol no es suficiente como para que, una vez agotado el helio, se pase a la siguiente secuencia, la fusión del carbono, que produce neón. Así, unos cientos de millones de años después de haber entrado en la fase de gigante roja prácticamente todo el combustible utilizable se habrá agotado, sin que se pueda iniciar una nueva reacción nuclear. Como resultado, la estrella seComparación del tamaño actual del Sol con el que tendría en el estado de enana blanca encaminará hacia un nuevo estado, el de enana blanca, compuesta por lo que era el núcleo en el estado anterior, pero comprimido hasta densidades inmensas (para hacernos una idea, toda la masa del Sol comprimida al tamaño de la Tierra). El material que rodea a la enana blanca, que antes formaba la gigante roja, se calienta e ioniza por efecto de la radiación emitida por la enana blanca, formando complejos y curiosos motivos filamentosos, denominados nebulosa planetaria (un ejemplo es la conocida como nebulosa del ojo de gato, fotografiada por el telescopio Hubble, ver más arriba).

Las enanas blancas, que mantienen su integridad por el efecto de la presión de electrones degenerados (de otro modo, dada su extrema densidad, se colapsarían), tienen una vida muy larga, más larga de hecho que la edad del universo, dada la extrema lentitud con la que se van enfriando. Como no crean energía, por haber agotado su combustible, este proceso llevará irremediablemente al enfriamiento total de la estrella. En el interior de estos cuerpos, se produce la cristalización final.

En definitiva, una historia apasionante, sobre la cual se puede leer más en las páginas de la Wikipedia, o en las páginas del proyecto Celestia, por ejemplo. Y una buena oportunidad para recomendar esta página de la NASA con espectaculares imágenes astronómicas, que se actualiza cada día.





Alberto Soldevilla

Categoría: Ciencia, Astronomía, Física

martes, mayo 15, 2007

Omar Khayyam

[Emitido en el espacio "Divulgación Científica" de RNE 5 Todo Noticias - La Rioja]

Puesto que ignoras lo que te reserva el mañana,
esfuérzate por ser feliz hoy.
Coge un cántaro de vino, siéntate a la luz de la luna y bebe pensando
en que mañana quizás la luna te busque en vano.


Quién diría que el autor de estos agridulces versos fue un científico. Así es, su nombre es Omar Khayyam, vivió en Persia hace 900 años y fue astrónomo y matemático de profesión. Y no uno cualquiera; el más célebre de su época. Entre su abundante contribución destacan varios tratados de geometría y álgebra y la reforma del calendario musulmán, obra que realizó en el año 1079.

Sin embargo, los logros científicos pronto quedan superados y olvidados y si hoy le recordamos es gracias a su poesía, recopilada en el poemario Rubaiyat. En él, canta a los placeres sutiles, en especial al vino y el amor, con la melancolía del sabio que ha comprendido lo pronto que se desvanecerán. Aquí hay otro ejemplo:

El vasto mundo: un grano de polvo en el espacio.
Toda la ciencia de los hombres: palabras.
Los pueblos, las bestias y las flores de los siete climas: sombras.
El resultado de tu meditación perpetua: la nada.



David Sucunza

Categorías: Historia, Matemáticas, Astronomía

viernes, mayo 04, 2007

Profesionales de la duda

Es con la bata puesta, realizando mediciones en el laboratorio, o ante el teclado, recomponiendo con paciencia y cuidadosa indicación de los pasos seguidos un segmento del pasado, cuando recurrimos a la duda, la hipótesis, el tanteo. Sólo en tales situaciones, en tanto científicos, nos encontramos dispuestos a que nos instruya la evidencia. Porque la duda es un mal lugar para quedarse. No resulta habitable.

A estas conclusiones llegó Ortega y Gasset en su ensayo "Creer y pensar", publicado en 1940, una obra cuyo hallazgo debo agradecer a la amabilidad de Alberto, edificante compañero de blog. La vida transcurre por lo normal instalada en creencias, la mayor parte heredadas. Todo un conjunto de prejuicios y concepciones de las que no se tiene una clara conciencia, pero bien sólidas, actúan como premisas de la conducta cotidiana y de la propia tarea de razonar. Constatar este hecho conduce a implicaciones de gran trascendencia.

Por una parte, contribuye a poner de manifiesto lo privativo y característico de las disciplinas científicas: lo que une a todas ellas, tan dispares, es el método de creación del conocimiento que emplean (un asunto que ya abordé en una entrega anterior, al reivindicar el lugar de la historia entre las ciencias). El mapa conceptual que acompaña estas líneas, obra del profesor de física Wellington Grey, plasma con sencillez el modo específico de proceder de la ciencia, y también su reverso, denominado fe por el autor original y por sus traductores al español, pero que podríamos llamar, con mayor precisión y amplitud, creencias. Ortega y Gasset apuntaba en su ensayo que los problemas, la necesidad de explicaciones, constituían el motivo de toda investigación: la duda, y el deseo de superarla. Quien cree saberlo todo no busca respuestas. Podría decirse, tomando prestada la descripción que dedicó Jorge Luis Borges a los revisores de tranvía, que el científico es un profesional de la duda, alguien que de modo constante somete a verificación las teorías, siempre provisionales, contrastándolas con los hechos registrados.

Por otra parte, y no menos importante, la decisiva influencia en la conducta social de lo que Ortega llamaba creencias concierne muy en particular a los historiadores. Ya el filósofo se encargó de advertirlo:

"He aquí un ejemplo espléndido de lo que deberá, sobre todo, interesar a la historia cuando se resuelva verdaderamente a ser ciencia, la ciencia del hombre. En vez de ocuparse sólo en hacer la "historia" —es decir, en catalogar la sucesión— de las ideas sobre la razón desde Descartes a la fecha, procurará definir con precisión cómo era la fe en la razón que efectivamente operaba en cada época y cuáles eran sus consecuencias para la vida. Pues es evidente que el argumento del drama en que la vida consiste es distinto si se está en la creencia de que un Dios omnipotente y benévolo existe, que si se está en la creencia contraria. Y también es distinta la vida, aunque la diferencia sea menor, de quien cree en la capacidad absoluta de la razón para descubrir la realidad, como se creía a fines del siglo XVII en Francia, y quien cree, como los positivistas de 1860, que la razón es por esencia conocimiento relativo".

Queda pendiente, quizá para otras entregas, abordar las parcelas del oficio de historiador demarcadas en este párrafo, muy recientes dentro de la disciplina, y aún objeto de discusión y desarrollo: la historia de las mentalidades y, en íntima relación con ella, la historia de los conceptos. Baste para concluir volver a recordar que la duda antecede al conocimiento, y que la historia nos enseña que las sociedades no han sido siempre como son, ni siquiera los propios hombres.

Jesús Ruiz Pérez

Categoría: Ciencia, Filosofía, Historia

miércoles, abril 25, 2007

Vitaminas: en su justa medida

El nombre amina vital o vitamina fue propuesto en 1912 por el bioquímico polaco Casimir Funk, para designar la sustancia activa presente en un extracto, obtenido de la cáscara del arroz, que curaba la enfermedad del beriberi. Aunque dicha sustancia ha recibido diversas denominaciones durante el siglo XX, actualmente se la conoce como tiamina o vitamina B1.

No obstante, la historia de esta vitamina comenzó algunos años antes: en 1898, tras el Desastre español, cuando el gobierno de los Estado Unidos tomó el control de las islas Filipinas. Una de las primeras acciones del gobierno americano fue intentar mejorar las condiciones de vida en las prisiones. Entre otras medidas, se decidió que el arroz consumido por los presos debía estar limpio y blanco, por lo que se impuso el uso de arroz descascarillado y pulido. Como resultado, el número de afectados por el beriberi, enfermedad común en los países de la zona en aquella época, sufrió un considerable aumento en las prisiones.

La relación del beriberi con el consumo de arroz sin cáscara era, sin embargo, algo más que una sospecha incluso en 1898. Un año antes, el holandés Christiaan Eijkman (que posteriormente sería galardonado con el Nobel de medicina por sus estudios) descubrió que las gallinas alimentadas con arroz sin cáscara desarrollaban polineuritis (enfermedad similar al beriberi), en tanto que las que lo comían con cáscara permanecían sanas. Fue de hecho en el extracto de la cáscara del arroz donde la tiamina se aisló por primera vez, en 1910, gracias al trabajo de Umetaro Suzuki, que había trabajado con extractos de la cáscara de arroz de manera independiente a los estudios de Funk.

En el otro extremo de esta digresión sobre las vitaminas, pero ocurrida en la misma época que los trabajos de Funk, se sitúa la historia del explorador antártico de origen suizo Xavier Mertz, la primera persona cuya muerte fue atribuida a un «envenenamiento por vitamina A». En noviembre de 1912, Mertz y sus compañeros sufrieron un accidente durante su exploración de la Antártida. Tras caer por la grieta de un glaciar, perdieron buena parte de sus víveres y herramientas. Alejados de la base a una distancia de unos 500 kilómetros, sólo disponían de comida para diez días. Al no tener raciones suficientes, decidieron alimentarse de los perros de tiro, lo que llevó a Mertz a envenenarse por un exceso de vitamina A, procedente del hígado de los perros. El 7 de enero de 1913, a pocos kilómetros de la base, Mertz, debilitado y con dolores en el estómago, murió entre delirios.

En nuestros días, el riesgo de morir por un exceso o un defecto de vitaminas es muy bajo (al menos, por lo que respecta a los países más ricos). Sin embargo, el abuso en el consumo de suplementos vitamínicos podría estar convietiéndose en un problema médico real. Estudios científicos cada vez más numerosos alertan de que su consumo excesivo, lejos de prevenir el cáncer y otras enfermedades, como algunos consumidores de estos preparados creen, puede recortar la esperanza de vida.


Alberto Soldevilla Armas

Categoría: Biología, química, medicina, historia, noticias

viernes, abril 13, 2007

La revolución de los canesúes

Leer en el periódico las palabras innovación y España relativamente próximas siempre provoca cierta inquietud. “España va a sufrir mucho si no empieza a innovar”, ese era el titular de una entrevista al profesor de la Universidad de Stanford, Nathan Rosemberg (considerado como uno de los mayores expertos del mundo en políticas de innovación) publicada en ELPAIS el 8 de mayo de 2005. Casi dos años después, el pasado día 2 de abril, se presentó el informe de la Organización para la Cooperación y el Desarrollo Económico (OCDE) sobre recomendaciones políticas en el área de Investigación, Desarrollo e Innovación (I+D+i), solicitado por España y que recoge las conclusiones de un grupo de expertos que visitó el país a finales de 2006.

Este informe vuelve a incidir en que entre los mayores desafíos a los que se enfrenta España, se incluyen un sistema de financiación de la investigación pública “fragmentado”, “con poco énfasis en resultados y excelencia”; el escaso, aunque creciente gasto empresarial en I+D; el bajo nivel de innovación de las pymes, y el mercado de capital riesgo poco desarrollado. Desde el Ministerio de Educación y Ciencia toman nota y dicen asumir este reto para el diseño del próximo Plan Nacional de I+D.

Pero ¿es tan difícil leer las palabras innovación y España sin llevarse un disgusto? ¿Es tan difícil innovar?


Entre atardecer y atardecer en la meseta castellana del libro “El hereje” de Miguel Delibes, se encuentra un episodio de la historia de Cipriano Salcedo que viene a contestar a estas preguntas.

El personaje, afincado en Valladolid, fue heredero del negocio familiar. El padre de Cipriano se dedicaba a la recogida, almacenaje y transporte de la lana que producía la Castilla de Carlos V, y que varias veces al año, transportaba a Burgos para un famoso comerciante, Nestor Maluenda. Una vez allí, Nestor lideraba el comercio marítimo de los vellones para las fábricas textiles de Flandes. Desde los puertos del norte, los vellones bordeaban la costa francesa hasta los puertos flamencos.

Cuando Cipriano heredó el negocio del padre, también lo hizo el sucesor del comerciante burgales, Gonzalo Maluenda, al que Cipriano veía con desconfianza para el futuro de su negocio por -chiquilicuatro, pretendidamente ingenioso-. Además, cobrar por hacer de mero intermediario le parecía una actividad poco noble. Cipriano admiraba a aquellos que con su ingenio innovaban en el producto -de tal manera que, sin saber por qué ni por qué no, venía de pronto a modificar la voluntad de compra de los clientes-.

El negocio de transportar la lana hasta Flandes se complicaba cada día. Los barcos eran atacados por los corsarios cada vez con más frecuencia y los seguros estaban encareciendo tanto que la rentabilidad del negocio peligraba.

Ante este panorama de amenazas, Cipriano maduró poco a poco una alternativa de supervivencia para su empresa: dar valor añadido en origen a la lana castellana. Y apareció la idea. Aplicar unos canesúes al popular y modesto zamarro de pastor para convertirlo en una prenda para las clases altas. Invención que, mejorada con la utilización de un forro de pieles finas de las alimañas serranas (marta, garduño, nutria, jineta), se convirtió en un gran éxito. La revolución de los canesúes, como Cipriano la llamaba, hizo conocidos los zamarros en toda Europa, -“Nunca un simple canesú armó una revolución semejante en la moda. Eso es el ingenio”-.

¿Es sólo literatura? Parece que no. Leyendo la prensa se encuentran casos actuales de otros emprendedores con ideas innovadoras. Por citar algunos, podemos encontrar ejemplos en el Málaga valley e-27 (ver artículo publicado en XL Semanal) o el de la empresa Arsys y el Parque Digital (ver artículo publicado en ELPAIS), dos iniciativas pioneras que pretenden aprovechar las oportunidades de las Tecnologías de la Información y la Comunicación en los nuevos rumbos de la “lana”.

Y para el futuro, ¿de qué deberíamos preocuparnos a la hora de innovar? Una cita del mismo autor puede darnos alguna pista:

El hombre de hoy usa y abusa de la naturaleza como si hubiera de ser el último inquilino de este desgraciado planeta, como si detrás de él no se anunciara un futuro”. Miguel Delibes


J. Ignacio Barriobero Neila


Categorías: Innovación, Noticias, Política, Ciencia