Es con la bata puesta, realizando mediciones en el laboratorio, o ante el teclado, recomponiendo con paciencia y cuidadosa indicación de los pasos seguidos un segmento del pasado, cuando recurrimos a la duda, la hipótesis, el tanteo. Sólo en tales situaciones, en tanto científicos, nos encontramos dispuestos a que nos instruya la evidencia. Porque la duda es un mal lugar para quedarse. No resulta habitable.
A estas conclusiones llegó Ortega y Gasset en su ensayo "Creer y pensar", publicado en 1940, una obra cuyo hallazgo debo agradecer a la amabilidad de Alberto, edificante compañero de blog. La vida transcurre por lo normal instalada en creencias, la mayor parte heredadas. Todo un conjunto de prejuicios y concepciones de las que no se tiene una clara conciencia, pero bien sólidas, actúan como premisas de la conducta cotidiana y de la propia tarea de razonar. Constatar este hecho conduce a implicaciones de gran trascendencia.
Por una parte, contribuye a poner de manifiesto lo privativo y característico de las disciplinas científicas: lo que une a todas ellas, tan dispares, es el método de creación del conocimiento que emplean (un asunto que ya abordé en una entrega anterior, al reivindicar el lugar de la historia entre las ciencias). El mapa conceptual que acompaña estas líneas, obra del profesor de física Wellington Grey, plasma con sencillez el modo específico de proceder de la ciencia, y también su reverso, denominado fe por el autor original y por sus traductores al español, pero que podríamos llamar, con mayor precisión y amplitud, creencias. Ortega y
Gasset apuntaba en su ensayo que los problemas, la necesidad de explicaciones, constituían el motivo de toda investigación: la duda, y el deseo de superarla. Quien cree saberlo todo no busca respuestas. Podría decirse, tomando prestada la descripción que dedicó Jorge Luis Borges a los revisores de tranvía, que el científico es un profesional de la duda, alguien que de modo constante somete a verificación las teorías, siempre provisionales, contrastándolas con los hechos registrados.
Por otra parte, y no menos importante, la decisiva influencia en la conducta social de lo que Ortega llamaba creencias concierne muy en particular a los historiadores. Ya el filósofo se encargó de advertirlo:
"He aquí un ejemplo espléndido de lo que deberá, sobre todo, interesar a la historia cuando se resuelva verdaderamente a ser ciencia, la ciencia del hombre. En vez de ocuparse sólo en hacer la "historia" —es decir, en catalogar la sucesión— de las ideas sobre la razón desde Descartes a la fecha, procurará definir con precisión cómo era la fe en la razón que efectivamente operaba en cada época y cuáles eran sus consecuencias para la vida. Pues es evidente que el argumento del drama en que la vida consiste es distinto si se está en la creencia de que un Dios omnipotente y benévolo existe, que si se está en la creencia contraria. Y también es distinta la vida, aunque la diferencia sea menor, de quien cree en la capacidad absoluta de la razón para descubrir la realidad, como se creía a fines del siglo XVII en Francia, y quien cree, como los positivistas de 1860, que la razón es por esencia conocimiento relativo".
Queda pendiente, quizá para otras entregas, abordar las parcelas del oficio de historiador demarcadas en este párrafo, muy recientes dentro de la disciplina, y aún objeto de discusión y desarrollo: la historia de las mentalidades y, en íntima relación con ella, la historia de los conceptos. Baste para concluir volver a recordar que la duda antecede al conocimiento, y que la historia nos enseña que las sociedades no han sido siempre como son, ni siquiera los propios hombres.
Jesús Ruiz Pérez
Categoría:
Ciencia,
Filosofía,
Historia
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